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LA HORA DEL DIABLO

*

No sé si mi hermana está despierta. Sólo sé que si destapo la oreja una señora con corsé morado y extremidades puntiagudas va a venir en un susurro a pasarme la uña por la parte trasera, la cuenca de la oreja, esa parte que, “si no te la lavas, de la suciedad te crece una mata”, como dice Viviana. Puedo ahogarme del calor aquí adentro, es más, puede que me estén empezando a crecer los senos y dormir boca abajo sea lo más incómodo del mundo, pero las orejas no me las destapo. Sólo estoy a salvo si la cobija me cubre hasta la coronilla. Para poder respirar abro un hueco que descubra mi boca y mi nariz. ¿Qué pasará si llego a abrir los ojos?, ¿qué pasa si Samara está sentada en la silla de mi escritorio?, ¿qué pasa si llega Terry Fox a pedirme algo, qué pasa si su vida depende de eso, qué pasa si no puede hablar y solo balbucea ruidos mientras se le derrite la boca y luego los ojos? ¿Samara puede salir de un celular? ¿Qué pasa si abro los ojos y me encuentro con una mancha informe como el monstruo de Chihiro? 

 

*

            Salgo del baño y empujo las puertas como un vaquero entra a una cantinabar. El mar de gente en el callejón se avalancha sobre mí y me da un rebote que alcanza a borbotear en el contenedor que hay en mis caderas. ¿Por qué tendré rebote si acabo de dejar mi alma y mi desayuno en ese baño prostituido? 

Estas botas con plataforma hacen que el infierno me pida un balance justo. (¿Por qué insisto aún en los tacones? ¿Por qué quiero alcanzar el cielo negro, morado, el cielo idiota?) Busco a Estévez en el oleaje de personas, camisas polo, tank tops, escarcha y culos perfectos. No sé si fue que no lo encontré o que lo vi por fin cayéndole a Mario Medellín, el man que insistentemente lleva buscando media noche y que, se ha esforzado por hacerme saber, “es el “amor de mi vida, por favor ayúdame a encontrarlo, está muy borracho”., Nno sé muy bien qué pasó ni qué siento, pero busco al primer hombre disponible y me abalanzo hacia él. Espero a que Estévez me vea –mira, mira que sí puedo, mira que tú no eres el único resplandor, bastantes hay en esta pecera desgastada que disimulen una mala barba–, Estévez me ve y me entrego en ese beso como si fuera de verdad una pecera, hasta me olvido de Estévez y me sumerjo en este cuerpo nuevo, acuerpadito y abultado, este cuerpo que desconozco y que considero un medio. Me entrego, me entrego al medio. ¿Elia, me dijo que se llamaba? Elia, o tal vez le puse así porque su boca es grotesca y espesa. En todo caso no sé muy bien, ni siquiera sé si intercambiamos nuestros nombres, si un saludo o una palabra al menossi quiera.

Es hora de abrir ojos y desarticularme de esta lengua. Tacones, dónde hay más cerveza.

 

¿Por qué existen los exorcismos? ¿Existen los exorcismos? ¿Cómo son? ¿Pueden existir si no creo en Dios? ¿Qué tal que por no creer en Dios me tengan que hacerdé un exorcismo? ¿Cómo podría darme un exorcismo? Creo que podría pasar si los ojos en derretimiento de Terry Fox, en frente mío, me miraran fijamente a la cara, penetrando el primer umbral de la hipnosis, tendrían que ser dos ojos negros y aguados, casi que sin pupila, negros, pobres, me tendrían que estar viendo por mucho, mucho tiempo, así, fijamente, encima de mí, viéndome. Así, horrible. 

Es mejor que pare con esto porque de verdad puedo dejarlo entrar. No quiero dejar al espíritu malvado entrar en mi cuerpo. Después quién me exorcizadesexorciza, qué tal que me quede poseída exorcizada para siempre. Ya quiero que sea de día, en la luz los espíritus no pueden hacerme daño porque la luz no deja que las cosas malucas pasen. Yo puedo ver en la luz. Solo tengo que aguantarme esta noche. Qué horas serán. Por qué me habré despertado.

 

*

            Me desarticulé de Elia con ímpetu y con algo de asco, ahora este desequilibrio me empuja con ganas pero no sé a dónde, estoy en “qué pena, permiso, perdón, buenas, qué pena”, tratando de encontrar a alguien. No sé a quién, quien sea, que sea conocido. Mis tacones me arrastran por este nido de personas que se conocen y que no se conocen, por parches consolidados, cada uno con su botella de tequila, y gente que he visto alguna vez en mi corta vida, en la universidad, en el bus, el Transmilenio, en el colegio, amigos de amigas. De vez en cuando aparece gente que jamás he visto, chaquetas de cuero y botellas de guaro en vez, tienen más sonrisas en su jeta que cualquiera de los personajes en levante que he visto por acá, por fin personas por fuera de esta socialité pichonsita, lactante, hijas de hijos de hijos de yonoséquién y alguna vez te vi en mi infancia. Saludo a mis nuevos amigos, todos con collares de flores, hawaianos, como si estuvieran celebrando un ascenso muy gonorrea o un compromiso matrimonial, les grito y ellos me responden, me gritan de vuelta como un llamado de cóndores. Extiendo mi mano para que hagan el limbo.

            –Eeeeeeeeeeee– clama el de gafas, botas altas y saco suéter. Tiene los dientes muy perfectos. ¿Los míos se verán así, o estarán llenos de este pintalabios que sabe tan a plástico? Le choco a Dientes Perfectos las dos manos con heroísmo y una sonrisa en mi cara, y sigo. No sé hacer nada que no salga en una película gringa.

            ¿A qué iba? Sí, encontrar a alguien, quien sea, que sea conocido. Sigo mi camino hasta que siento una mano que agarra la mía por detrás. Está negro de tanta gente. Me volteo. Es La Mona, me encontró ella a mí. No hay tiempo de saludarse. Va de camino y me jala para que la siga, me arrastra cual rescate, solo agarra y tente, tente María, trata de no perderla, que la presión física del gentío no rompa el lazo.


*
De verdad está haciendo mucho calor acá adentro. Quisiera destaparme y poder ir al baño sin que me rapte la mancha informe arrastrándome de los pies y desapareciéndome de la casa sin que mis papás se den cuenta. De día voy a poder ir al baño. Tengo que esperar a que sea de día. ¿Pero cuánto queda de la noche? ¿Qué tal que sean las dos y me toque esperar mucho tiempo? ¿Será que mi hermana está despierta? Hace mucho no se mueve, no suena nada aquí, ni siquiera un pie reacomodándose o un ronquido. Estoy muy sola. Ella me podría ayudar. La puedo llamar, sí, puedo llamarla, puede ayudarme a salir de aquí, solo basta con que hable, me responda, me diga “¿qué?” y ya todo se va a disipar, ninguna Samara, ningún Chihiro, ningún exorcismo. Ella va estar despierta y no estaré sola más en este cuarto.
Pero, ¿y qué pasará si saco mi voz? ¿Sí tendré voz? Llevo tanto tiempo sin hablar, desde que me acosté no he musitado sonido, que no sé cómo sea, me da miedo el primer mugido que salga de mi garganta baja, donde comienza la lengua tal vez, ¿qué tal que trate de sacarla y no salga nada? ¿Qué tal que no salga voz? ¿Y que por toda la presión y la fuerza que haga desde mi ano no salga sino un suspiro tapado por telarañas? 
¿Será que voy a donde mis papás? ¿O trato de decir “Beatriz”? 
 
*
            No sé si ya casi llegamos a la estación donde residen los amigos de La Mona, parece que hay menos gente pero seguimos en nuestra fila india atravesando esta comparsa. Ella se voltea y me grita al oído tratando de regañar a la música estallada:
            –Mi Mari ¿qué hacías? ¿Por qué estabas sola?
            –No sé, no sé, Monita... el malparido de Estévez, ¿te acuerdas de Estévez? Bueno, se fue con Mario, me dijo que lo amaba, que necesitaba que yo...que yo, parce, que yo lo ayudara a rescatarlo porque estaba muy borracho. Agh, no sé, puto maldito.
 –Uy es un imbécil. No, ven, no le pares bolas hoy y ven, vamos– al término de esta oración, en nuestras dos caras, también transitando este cardumen sudoroso en fila india: Sebastián, mi tusa anterior con su novia. Los veo, me volteo, sé que ellos ya me vieron, que en efecto es inevitable, pero no hay mucho tiempo, vamos de camino, yo estoy en la reconcha, ¿y ellos? No pasa nada, sonrío como el Joker, me hago a la que enormemente no le importa, los saludo desde arriba, desde esta gradería que me dan los sancos, “¡Ey, qué más!”, me vi decir, ¿los asusté?, sigo, la mano, la mano, no me suelto de la mano, nada me importa. Lo hice bien, los saludé bien, ando en pie.
 
*
            –Buh… –trago saliva– ¿Beaaatriiiz?
            El silencio es peor ahora. Beatriz no está acá conmigo, está en frente, sé que su cama queda al lado de la mía, sé que anoche se acostó al mismo tiempo que yo, como todas las noches, pero no me contesta. ¿Dónde está? ¿A dónde se fue su cabeza?
            Creo que tengo que ir a donde mis papás, no tengo más opciones, no tengo opciones, esta oscuridad es un monumento, sé que lo es porque sé qué es un monumento: me lo explicaron el otro día en el Museo Botero, en Medellín. No puedo ir a donde mis papás antes de saber qué horas son.
 
*
            Voy a buscarlo, voy a buscar a Estévez, voy a decirle por fin: mira, yo sé que me quieres, yo sé que tú sí me quieres y que prefieres ahogarte en barro antes de decírmelo porque tienes miedo de que al final no seas correspondido. Eres una mierda. Trágate a tu Mario Medellín con el nombre perfecto. Yo te quiero y es en serio. 
Me despego de La Mona apenas llegamos a su estación, sus amigos muy amables, muy cordiales: yo quiero reventar. Avanzo como lo he hecho la mitad de la noche, lo que sé hacer, navegar entre sujetos, ¿sabré socializar al menos?, ¿sabré quedarme con amistades y valorarlas y quererlas sin tener que conocer vanamente al resto del mundo?

 

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Gab

Trix

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